Prorroga Cuestionario 2018

 

Orhit

 
07 de Junio de 2017

Hora de cuidarse

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Esta mañana, a primera hora, salía para una reunión Nuevos Ministerios. La zona empresarial por excelencia de Madrid estaba en plena ebullición. Coches de hora punta, padres dejando a sus hijos en los colegios de la zona, oficinistas que salían en manada del metro y de la estación de tren. Caminaba envuelta entre ellos, cuando me fijé en un hombre de unos 60 años que iba delante de mí. Llevaba unos pantalones de vestir y una camisa de cuadros remangada a la altura del codo. Uno más entre tantos. Sin embargo, me llamó la atención porque cada tres o cuatro pasos, levantaba los brazos y hacía con ellos un molinillo.

La primera vez, creí que estaba llamando la atención de alguien. La segunda, que estaría espantando alguna mosca. La tercera vez recordé aquello de: “una es accidente, dos es casualidad, tres es un patrón”, y me quedé observándole. Efectivamente, cada tres pasos, repetía el molinillo. ¿Era un loco? ¿Un perturbado? Su aspecto era occidental; no llevaba mochila ni bolsa de deportes, ni tampoco chaleco; por lo que instintivamente descarté una amenaza terrorista.

La casualidad quiso que delante de mí, girase por la misma calle que debía hacerlo yo. Era una calle más tranquila, con menos tráfico y menos personas apresuradas. Así que pude fijarme bien. Lo que el hombre iba haciendo era ¡ejercicio!. Al girar la calle, cambió el molinillo por un movimiento hacia adelante y hacia atrás de los brazos. También cada tres pasos. Reconozco que tuve la intención de sacar el móvil y grabar un vídeo del hombre para subirlo a Youtube o compartirlo en Facebook con un comentario como “La obsesión por estar saludable nos hace perder el miedo al ridículo”. Lo cierto es que no me dio tiempo, porque el hombre giró por una calle y yo debía llegar a tiempo a mi reunión. El resto del camino pensé que quizá era más ridículo apuntarse a un gimnasio y no ir. O apuntarse a uno de esos lowcost que exhiben a sus clientes sudorosos a través de amplios ventanales. O vestirse de running para ir a hacer la compra el sábado por la tarde. Definitivamente se ha perdido el miedo al ridículo. La vergüenza torera que diría mi madre.

Lo cierto es que queremos cuidarnos. Investigamos por internet, buscamos remedios mágicos para estar mejor, las empresas se embarcan en políticas saludables para que sus empleados se cuiden y las administraciones ponen en los bancos de los parques maquinitas para que los mayores pedaleen mientras echan migas a las palomas. A partir de mañana, mientras subo escalones, empezaré a hacer molinillos con los brazos. Faltaría más.